28 dic 2012

#Turismo: Los viajes de Valentina: Margarita en un día

Viajar se ha convertido en "sacar tarea". Para donde voy pregunto, investigo y veo más de la cuenta. Me levanto temprano con una lista de sitios que quiero visitar, agarro mi cámara y mi cuadernito y me dispongo a descubrir todo lo bueno que deliro por compartir. Eso fue lo que hice el domingo pasado

Cómo llegar. Por avión, en ferry desde Puerto La Cruz y Cumaná o en los tapaítos desde Chacopata.

En Porlamar. Venezuela no se caracteriza por la permanencia. Margarita no escapa a esta sentencia. Así que actualizar es un ritual sorprendente.


Salimos a La Caracola para caminar. Es domingo muy temprano. En playa Valdez hay peñeros que llegan, gente que se da un baño breve y pesas donde ofrecen pescado recién sacado. José Gregorio Vizcaíno ofrece su trabajo de mar a diario de 6:00 a 10:00 am. Sólo lo que ha obtenido desde que sale a las 4:00 am. "Dorado, carite, palagar, picúa, corocoro.

Vendo a 25 bolívares el kilo. Lo más caro es el carite a 40". Mucha gente se acerca a comprar.

Más allá hay un barco que es casi una ruina. Pensamos que estaba medio hundido. Una autoridad nos saca del lugar, no sin antes contarnos que está detenido. Pertenece a unos chinos y consiguieron un cadáver en la cava.

En los tarantines de empanadas y arepas la concurrencia gana el peso que bajó en la caminata o trote. Grande la oferta de fritanga y rellenos, aunque hay la alternativa de las arepas asadas. Carmen y su marido José Gregorio trabajan junto con los hijos, de lunes a lunes de 6:00 am a 3:00 pm.

Tienen hasta una empanada Ricky Martin, rellena con mariscos y otra de camarón con queso parmesano. En frente se instala Rafael Meza con su mesita Don Queso. Ofrece puros manjares criollos: de mano, palmita, telita, duro, guayamano y palmizulia. Vienen directamente de Guárico: Zaraza, Valle de La Pascua, Tucupido.

Por ahí mismo nos enteramos que continúa la recuperación del hotel Concorde. A un ritmo pausado, pero no hay abandono. Lo venden tipo resort. También hay cerca un edificio precioso con vidrios por todos lados para que el mar se meta en el hogar. Se ve medio detenido en las áreas externas. Ojalá lo concluyan.

Mercado de Los Cocos. Confieso mi pasión por el Mercado de Los Cocos en pleno centro de Porlamar y frente al mar. Pasamos antes por el Puerto de la Mar. Me asomo por las rejas. Abandono, basura, portones sostenidos por un pedazo de alambre, monte, escaleras paralizadas. Da dolor tanto egoísmo. No lo dejaron ser puerto de cruceros. Se supone que es una universidad.

No luce como nada.

Al entrar al mercado se aparece una mesita con una excelente morcilla. Al lado un chorizo gigante. Cuenta Maribel que se va todos los miércoles a Carúpano en el tapaíto desde Chacopata, compra y ofrece sus finezas de tierra firme los fines de semana. Más allá La Nena reparte mamones a todo el que pasa. Son atómicos.

Luis Díaz llega con un carrito de automercado lleno de patos. "Los vendo a 80 bolívares el pato. Le quitas el pellejo, los guisas al vino y quedan buenísimos". Hay oferta de pescados extraños. Vemos uno horrendo que se llama volador. Sabe a pollo. Muchas conchas ya limpiecitas. Todo para el sancocho: verduras, plátano, cilantro, cebolla, ají dulce y limón criollo. Vi cotoperí. Una frutica que parece mamón. Bien sabrosa. Nunca se consigue a no ser que alguien la saque de su mata en el patio y la venda.

Frente al mar. En playa Guacuco quiero indagar sobre los nuevos dueños de El Caracol Marino. Resulta que alquilaron su restaurante durante tres años y se fueron a vivir a Suiza.

Al regresar les habían dejado el local en el suelo. Son Franco ­suizo­ e Inés ­venezolana­.

Están fajados tratando de recuperar su clientela a punta de buena atención y comida suculenta. Tuvieron un tiempo a George en su equipo. El francés que estuvo en Luna. Pero le dio angustia la poca gente en la temporada baja y se fue a Coche a probar suerte en el hotel Brisas del Mar. Antes enseñó a Franco a hacer los ahumados.

Deben probar el palagar y el salmón. Los guacucos al vino son una delicia. Y de postre pidan el semifredo. Ahora reparan la terraza y los toldos. Es un sitio riquísimo.

En playa El Agua la gran novedad es Aguadulce Beach Club, entre Miragua y Agua Dorada. Apostaron al estilo minimalista: toldo acrílico transparente, sillas de plástico blancas afuera, bellas y cómodas, mesas altas y bajas de aluminio, y adentro algo más refinado, pero igualmente abierto al mar porque no hay paredes.

Sólo vidrios. Quieren tomar la noche con música en vivo de jueves a sábado hasta las 10:00 pm. Un menú mediterráneo, fresco, con ingredientes locales y una cocina abierta para que el público vea lo que ocurre en esos fogones. Ese día pasaban un juego de la Eurocopa, la gente fanática y en los intermedios una muchacha cantaba precioso. Ofrecen combos para la playa con cavas, hielo y bebidas por un precio según el contenido. Es tremenda oferta. Toldos nuevos, sillas relajadas y esmerada atención. Supe que el mismo grupo de dueños apuesta fuertemente por Margarita. Compraron una casa para eventos y construyen un hotel grande.

Son venezolanos que creen en el turismo, saben que vamos a salir adelante y aprovechan los incentivos fiscales.

Más tarde pasamos por Manzanillo. Rosenda no es ni la sombra de lo que fue.

Una lástima. Sigue siendo un espectáculo observar los pescadores en su faena, las redes lanzadas y cientos de pelícanos lanzándose al mar en picada. El agua es helada. En Juan Griego los restaurantes son un desastre. No se parecen a los atardeceres. Limítense a tomar algo. Sigue precioso Pueblos de Margarita en la vía de Taguantar. En un recorrido por La Guardia supimos que están vendiendo cuatro casas y un apartamento, casi todo frente al mar. Me encantan estos maratones margariteños.

En la noche nos acercamos a un nuevo local en Pampatar donde en una época estuvo Míkonos. Después de muchos nombres y cambios ahora se llama Portomare. Sigue inmenso, preciosa la vista, pero me parece que es más para tomar algo. No para comer. Un restaurante con un aire acondicionado hostil. Un auténtico congelador. Tuvimos que rogar comer en la terraza. El servicio lentísimo y un menú básico.

Yo iría al final de la tarde a ver el mar. Si quieren conversar, el volumen de la música se ocupa de impedirlo.

Por : Valentina Quintero